
Las conductas perfeccionistas se aprenden. No es algo con lo que nacemos, no es un rasgo propio de nuestra personalidad, ni algo que tengamos que llevar con nosotros para siempre. En definitiva, es algo que aprendemos a hacer.
De perfeccionismo podemos hablar largo y tendido, pero cuando se trata de hábitos podemos verlo por ejemplo en personas que:
· Están muy focalizadas en alcanzar hábitos saludables “perfectos”, como una alimentación perfecta, o una rutina de ejercicios impecable.
· Tienen dificultad empezando o manteniendo ciertas rutinas, porque las metas son tan ambiciosas y poco flexibles que difícilmente se sostienen.
· Evitan ciertas actividades por sentir que no la van a poder hacer bien (HOLA, yo durante años evitando ir al gimnasio porque no estaba dispuesta a no hacer las cosas bien).
¿Querés agrandar tu combo por 50 centavos? Se le suma una linda autocrítica persistente, la sensación de nunca ser lo suficientemente buenos (porque nunca llegamos a los estándares autoimpuestos de lo que se considera ‘exitoso’), miedo intenso a equivocarnos o a fracasar, y unas papas medianas 🍟 (ojalá).
En el afán de querer que todo nos salga perfecto, terminamos moviéndonos en el polo de Perfecto – Inexistente. La realidad es que rara vez vamos a hacer las cosas exactamente como quisiéramos, y la alternativa (evitar la situación) muchas veces nos aleja de la vida que queremos.
Al principio dije que las conductas perfeccionistas se aprenden. Lo que queremos hacer entonces es generar un nuevo aprendizaje, queremos generar flexibilidad: que podamos hacer las cosas AÚN con nuestra mente diciéndonos que no son perfectas, que faltaría más, que otras personas lo hacen mejor. Que podamos hacerlo porque esas cosas, por más imperfectas que salgan, tienen una cualidad que queremos que esté presente en nuestra vida.
Hasta la próxima!
(📖 Kemp, J. (2021). The ACT Workbook for Perfectionism. New Harbinger)


