
La autoestima es una evaluación, un juicio acerca de cuánto valemos. Dicho de la manera más bruta posible: ¿Siento que valgo mucho? Tengo alta autoestima. ¿Siento que valgo poco? Tengo baja autoestima.
El problema con la autoestima es que es contingente al éxito, depende mucho del contexto. Nos sentimos bien con nosotros cuando nos va bien en ciertos aspectos de nuestra vida, pero ¿cuando las cosas no salen como las esperamos? ¿Cuando no alcanzamos nuestros estándares? Ahí te quiero ver, Mabel.
Es por eso que generalmente los psicólogxs no tomamos como objetivo terapéutico «mejorar la autoestima», porque sabemos que es algo variable, algo que no podemos medir, y que es probable que nuestros juicios acerca de nosotros mismos vayan cambiando de acuerdo al contexto.
¿Qué podemos hacer entonces? ¿Nos entregamos a una vida de odio, muerte y destrucción?
Pues no. Hay otra vía que involucra menos autojuicios, menos comparaciones, sin que tengamos que estar evaluándonos positivamente: la autocompasión. Es una manera de relacionarnos con nosotras/os tanto cuando nos sentimos bien, como cuando nos sentimos un fracaso, inadecuadas, imperfectos.
Una linda forma que encontré de llevarlo a cabo es algo que puede sonar muy básico, pero no lo es: no me tengo que amar, no tengo que pensar que soy lo más, mi único trabajo es respetarme. Es tratarme con la amabilidad que trataría al resto. No me insulto, no me critico, no me lastimo. Me respeto.
No solo porque la autocrítica nos hace sentir mal, sino porque, contrario a lo que se piensa, hace que disminuya la motivación.
La invitación es a estar atentas/os a las cosas que nos decimos. No vamos a poder controlar qué pensamientos aparecen, pero sí lo que hacemos una vez que los detectamos. ¿Cómo me quiero tratar AÚN con ese pensamiento presente?
Hasta la próxima!
(📄 Neff, K. D. (2011). Self-Compassion, Self-Esteem, and Well-Being. Social and Personality Psychology Compass, 5(1), 1–12)


