
A veces dejamos de hacer cosas que nos hacen bien y son importantes para nosotros porque no estamos con motivación y nos sentimos medio ‘pachuchos’. A veces hacemos cosas que nos hacen mal porque tenemos emociones que se sienten difíciles y sentimos que tenemos que hacer algo con ellas. Como te imaginarás, las emociones juegan un rol muy importante en nuestros hábitos.
Me gustaría jugar un poco con una idea: pensemos a nuestras emociones como el clima. ¿Podés controlar el clima? Bueno, he aquí una noticia: a tus emociones tampoco (no vale decir que cuando tu abuela hace la danza de la lluvia pasa no sé qué cosa, eh!).
Pensémoslo así: si tus emociones son el clima, vos sos el cielo. El cielo está siempre ahí, es siempre cielo. A veces lo tapan algunas nubes, a veces tiene un arcoiris, a veces está despejado y a veces está gris casi negro (y ahí es cuando todos sacamos el celular y subimos la misma foto a instagram diciendo: «faaaa, se termina el mundo, wacho»).
El cielo es siempre el mismo, el clima cambia. Las nubes van, vienen, la tormenta llega, se va, sale el sol, se esconde el sol. El clima hace lo que se le canta el culo. Y tus emociones también.
Si lo pensamos de esta manera, podemos ver a nuestras emociones como parte de nosotros, pero no como todo lo que somos. Es algo que tengo, no algo que soy. Y acá el punto es: ¿salir a pasear un día de lluvia no es lo que elegirías? Te entiendo, tal vez sería más lindo hacer un paseo al sol. Pero si dejamos que el clima determine lo que hacemos o dejamos de hacer, siempre vamos a estar a merced de algo que no podemos controlar. Y de esta manera, nuestra vida solamente se va a sentir significativa cuando haya sol.
Está lloviznando. Voy a pasear. Capaz el clima cambia a lo largo del día, capaz no. Pero al final del día voy a haber hecho eso que era importante para mí, sabiendo que seguí contribuyendo al patrón de aquella imagen que quiero que forme mi vida.
Hasta la próxima!
(💬 Metáfora adaptada de R. Harris)


