
1️⃣ Primer acto: Me olvido de hacer la actividad que creo que me va a hacer bien.
2️⃣ Segundo acto: Me pongo una alarma.
3️⃣ Tercer acto: Apago la alarma y digo “después lo hago”.
¿Cómo se llama la obra? Sonaste 🔔 (por la alarma que sonó, no me hagan explicar un chiste que encima es una pedorrada).
¿Alguien se siente identificade con esto? Yo sí. A lo largo de mi vida me puse alarmas tanto para meditar como para hacer ejercicio. Siempre se daba la misma secuencia: los primeros días sonaba la alarma y yo decía: “uf, cierto, sí, termino de hacer esto re importante que estoy haciendo (probablemente algo igual de relevante a hacer un origami de un elefante tocando la trompeta) y lo hago”. Y realmente creía que lo iba a hacer, eh.
Pero no lo hacía.
Conforme iban pasando los días, esa alarmita ya se transformaba en parte del decorado. Sonaba y la apagaba automáticamente. Ya ni lo procrastinaba de manera intencional, sino que directamente perdía relevancia. Un día la borraba, “porque total…”
Las alarmas son un EXCELENTE recurso para no olvidarnos de hacer las cosas. Pero algo que puede suceder es que cuando nos suena una alarma con una palabra suelta, como por ejemplo “meditar”, nuestra mente puede priorizar cualquier otra cosa que estemos haciendo, por no tomarla como necesaria o urgente. Entonces, ¿qué hacemos?
💡 No va a ser lo mismo poner un recordatorio que diga “meditar” a uno que diga “acordate que cuando meditás solés estar mucho más presente con tus pacientes durante el día” (algo importante para mí). No va a ser lo mismo poner un recordatorio que diga “ejercicio” a uno que diga “hace ejercicio: eso te va a permitir subirte a un colectivo a los 80 años”. Poder vincular el recordatorio con POR QUÉ estamos haciendo esto, con por qué es importante para nosotros hacerlo, puede ayudar a que esa alarma cobre relevancia.
Hasta la próxima!


