
Estamos inmersos en un sistema que nos dice que para ser valiosas/os tenemos que pesar X cantidad de kilos, tenemos que tener X cantidad de músculo, tenemos que vernos de manera X. Yo sabía que matemáticas de la secundaria me iba a servir de algo: VAMOS A DESPEJAR LA X (debo admitir que estoy teniendo flashbacks de guerra con esa frase).
Ese sistema nos bombardea con imágenes, reglas, publicidades, comentarios, palomas mensajeras, que sostienen el mensaje de que vamos a poder alcanzar el éxito y la felicidad una vez que lleguemos a cierto estándar, que en nuestra cultura está relacionado con la delgadez. Básicamente, un sistema que sostiene que no somos suficientes, pero que ¡no nos alarmemos! podemos llegar a serlo, siempre y cuando lo intentemos. A toda costa.
Ahora, ¿qué tiene que ver con la actividad física? Bueno, es sabido que la actividad física es buena y necesaria para la salud. Pero ¿es siempre la salud la que guía este tipo de conductas? ¿O muchas veces está guiada por alcanzar esa X?
Cuando hablamos de ejercicio nos agarramos de la etiqueta de “hábito saludable”, pero que algo esté etiquetado como saludable no significa que siempre lo sea. Podríamos decir que el brócoli es un alimento saludable, pero si lo único que comemos es brócoli, probablemente nuestra salud integral se vaya a ver afectada, porque nos van a estar faltando otros nutrientes (y placer, probablemente). En definitiva, no hay algo saludable o no saludable, sino que, como siempre, va a depender del contexto.
En ocasiones aprendemos a relacionarnos con la actividad física únicamente como un medio para cambiar la apariencia de nuestro cuerpo. Y el problema ahí me parece que es la palabra “únicamente”.
Acá es donde me gustaría ilustrar el punto con una partecita de mi historia. Durante mi adolescencia/juventud temprana, he intentado decenas de cosas para cambiar la apariencia de mi cuerpo. Entre ellas, la actividad física. ¿Cuál era el problema? Yo sabía cuáles eran los tipos de actividad que quemaban más calorías, sabía cuántas veces tenía que hacerlo por semana, sabía todo lo que tenía que hacer. Y lo hacía… durante dos semanas. ¿Qué pasaba? Bueno, en un principio, nunca me gustó mucho hacer actividad física. Culparé a mis padres por ello. Hagan el esfuerzo de imaginarse a una persona que no era muy afín al ejercicio haciendo entrenamientos de alta intensidad 5 veces por semana, armando su vida en relación a eso. Al menos, a mi criterio, no suena muy saludable. El asunto es que yo sabía qué era lo más eficaz para hacer (que claramente no era lo más eficiente), y cuando no podía sostenerlo, me etiquetaba como “vaga”, como una persona que no podía sostener hábitos, como una persona a la que no le gustaba moverse. Tampoco suena muy saludable.
No recuerdo del todo cómo fue la secuencia, pero sé que mi psicóloga nombró al pasar un motivo por el cual hacer ejercicio, que era parecido a “poder subirme al colectivo cuando tenga 80 años”. Y me movilizó tanto que elegí cambiar el foco. Y acá quiero ser honesta: durante mucho tiempo fue una ELECCIÓN consciente. Cada vez que mi mente me llevaba a mis motivos anteriores, de manera intencional elegía actuar de otra manera. Fue así como finalmente pude conocer otro tipo de actividades, relacionarme de manera distinta con el ejercicio y hasta DISFRUTARLO. Yo, la persona que veía a alguien corriendo en el parque a las 7am y decía “jeje, qué le pasa a esa gente”. Años después entendí qué le pasaba a esa gente, porque era yo quien corría pensando en mis 80 años, pensando en el colectivo, pensando en lo bien que se siente mi cuerpo al moverse, sorprendiéndome con la capacidad que tiene.
Mi relación con la actividad física hizo un giro de 180 grados cuando sumé otros motivos para hacerla. Cuando flexibilicé, cuando ya no se trataba únicamente de modificar el cuerpo, sino que -mientras eso todavía estaba presente- tuve nuevos aprendizajes que empezaron a competir con el inicial.
Nunca sostuve tanto la actividad física desde que dejé de hacerla para evitar verme de cierta manera, y empecé a hacerla para vivir de otra.
Y dos aclaraciones necesarias:
- No soy un robot (wow, era realmente necesaria): como a muchísimas personas, en ocasiones me cuesta sostener ciertas rutinas de ejercicio, básicamente porque soy humana. Me pasan cosas, me enfermo, trabajo mucho, tengo compromisos sociales, y varios etcéteras más. Pero cuando me alejo de esas rutinas que sé que me hacen bien, intento notarlo, evaluar qué pasó, qué podría hacer distinto para volver a sostenerlas, y despacito y sin apuro volver a empezar.
- Mi historia es mi historia: no significa que esto se aplique a todas/os, ni que su historia se vaya a desarrollar de la misma manera. Elegí contarla para ilustrar cómo la cultura de la escasez, la que nos dice que siempre nos falta algo para ser valiosas/os, puede hacer que una conducta que solemos etiquetar como saludable, no lo sea tanto. Si notás que tu relación con la actividad física o con la alimentación te está trayendo malestar, consultá con un profesional de la salud mental.
Hasta la próxima!


