La vuelta al hábito en (menos de) ochenta días

Hay una habilidad que creo que es importante fortalecer, y es el arte de volver rápido. No, no de volver rápido a tu casa después de los ravioles con la tía Irma (aunque tampoco subestimo esa habilidad). Sino de volver rápido a esos hábitos/rutinas que nos hacen bien cuando perdimos contacto con eso.

Creo que es irreal pensar en la posibilidad de adquirir un hábito y que quede ahí inmutable, perfecto, firme como rulo de estatua. Nosotros cambiamos, nuestro contexto cambia, nos pasan cosas, tenemos emociones, tenemos historias de aprendizaje. Es importante saber que nuestros hábitos van a cambiar. Sí, incluso si en este momento te están sirviendo, en algún momento puede que se desvanezcan en frecuencia, en intensidad, o que cambien su forma. Y eso está bien, es esperable, y creo que la clave es no desesperar. Cuando sé que es probable que suceda algo me permite tomarlo como un problema a resolver, más que como un fracaso. Cuando compramos la idea de que fracasamos, puede aparecer nuestro ya famoso “la cagué, ya fue todo”, y hacer que nos alejemos cada vez más de eso que queremos hacer.

La propuesta es empezar a reconocer qué tipo de cosas pensamos cuando posponemos hacer las cosas que queremos. Por ejemplo, el hit #1 que suena en la radio de mi mente cuando me desconecto de mis rutinas es “no tengo ganas” (con voz de adolescente que la única palabra que conoce es ‘paja’). Conozco ese pensamiento como la palma de mi mano, y puedo reconocerlo (de hecho, tengo planificado hacer ejercicio en un rato, y el pensamiento ya estuvo sonando toda la mañana!). En el momento en el que lo reconozco, puedo elegir no escucharlo y ver qué pasa. No tengo ganas ahora, pero ¿qué va a pasar mientras lo esté haciendo? ¿Va a seguir estando ese pensamiento o van a aparecer otros? Me impulsa la curiosidad de querer saber qué pasa cuando no le hago caso a ese “no tengo ganas”. En mi experiencia, casi siempre cosas que me acercan a la vida que quiero.

El arte de volver rápido puede tratarse entonces de reconocer cómo suena para vos la vocecita que te aleja, y tener un pequeño plan (nada muy sofisticado) para volver de a poco. De a poco, porque si frente al pensamiento “no tengo ganas” decido hacer algo que me traiga mucho malestar (ej. dos horas seguidas de ejercicio intenso), probablemente la próxima vez no tenga las mismas ganas de probar qué pasa si no lo escucho. Mi plan hoy es hacer 15 minutos de ejercicio y ver qué pasa.

En resumen, dominar el arte de volver rápido nos ayuda a que cada vez sea menor el tiempo entre esas rutinas que nos ayudan a construir las cosas que queremos. En definitiva, no necesitamos vidas perfectas, sino patrones en los cuales estén cada vez más presentes las cosas que nos hacen bien.

 

Hasta la próxima!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *