
Estaba escuchando una entrevista a Francis Mallmann, y en el primer minuto dijo algo en lo que quise detenerme (en el PRIMER MINUTO, qué pesada): “Yo siempre dije que debemos abrazar la adversidad. Al problema hay que abrazarlo, hay que apretarlo, porque forma parte de nuestra vida”. Hablemos un poco acerca de esto.
Cuando hablamos de cambio de hábitos, hablamos de resolución de problemas. Básicamente, estamos inmersos en un contexto, y tenemos que ver qué elementos del mismo están obstaculizando y qué podríamos hacer para resolverlo. Hoy me gustaría preguntarles: ¿qué orientación suelen tener hacia los problemas que surgen cuando están intentando cambiar una conducta? ¿Cómo tratan al problema? ¿Qué relación tienen con el problema? Si todavía usaran Facebook, ¿pondrían que están en una relación complicada con El Problema?
No es poco frecuente que cuando no estamos pudiendo cambiar ciertas conductas aparezcan evaluaciones, etiquetas e historias sobre nosotros muy dolorosas. Nos nombramos vagas, pajeros, inútiles, o incluso nos nombramos como enemigos de nosotros mismos: todo esto lo hago porque me quiero autoboicotear.
El problema con esto no es la emoción que surja, ni que se traten mal. No quisiera proponer la regla vacía de “hay que ser compasivo con uno mismo”, porque eso ya lo hemos leído en varios carteles motivacionales (y no sé cuán efectivo será, ¿ustedes están riendo, viviendo y amando en este momento?), pero sí me gustaría invitarles a que noten qué es lo que sucede cuando se orientan hacia el problema desde un lugar de enemistad. ¿Notan si suelen aparecer tintes de todo/nada? O suelto todo y me desconecto, o tomo medidas drásticas para resolverlo. Con el “suelto todo” resulta bastante evidente cuál es el problema, mas no así en el segundo caso. ¿Qué sucede cuando tomamos medidas drásticas? Más allá de lo dañinas que pueden resultar esas medidas, preferiría hoy enfocarme en lo inefectivas que pueden resultar.
Simplemente describir la forma de la conducta (“no estoy pudiendo hacer ejercicio”) no nos ayuda a tener una comprensión de por qué está sucediendo, lo que puede llevarnos a intentar resolverlo de una manera inadecuada o genérica. Por ejemplo: no puedo parar de comer -> debería comer menos / no debería tener comida en mi casa. Cuando podemos evaluar por qué se están sosteniendo ciertas conductas podemos encontrar una resolución acorde al problema. Dicho de otro modo, ver qué relación tienen nuestras acciones con otros elementos del contexto pueden acercarnos a encontrar soluciones un poco más efectivas. Nunca el problema se resuelve de exactamente la misma manera en dos casos, a veces las soluciones pueden ser radicalmente distintas porque una misma conducta puede tener una función completamente distinta para cada uno.
Solemos resolver un rompecabezas encontrando los obstáculos y moviéndonos al siguiente paso una vez que algo que probamos no funcionó: ¿esta pieza no entró? Ok, ¿no era el color? ¿no era la forma? ¿mi perro se comió una pieza? ¿pensé que había perdido la pieza y subí una historia a Instagram quejándome y finalmente alguien vio mi historia y dijo ‘pero la pieza está ahí’ y yo dije ‘ah jeje’? (se puso personal). Si cuando una pieza no encaja nosotros forzamos las piezas de cualquier manera, tiramos el rompecabezas, o llamamos al fabricante para decirle que nos está boicoteando, perdemos la posibilidad de ver aquella imagen que queríamos armar en un principio.
Abrazar al problema, apretarlo, tomarnos el tiempo para mirar las piezas, probar, ¿qué hice?, probar de nuevo, acercarnos no con rechazo, sino con curiosidad. En definitiva, ese problema también es parte de quienes somos, es el resultado de nuestra historia, podemos luchar contra él, o podemos sentarnos con él y transitarlo juntos.


