Yo ya sé lo que tengo que hacer… pero no lo hago

Hoy quiero hablar de una de las frases que más escucho en consulta, sobre todo cuando hablamos de hábitos de alimentación y ejercicio (aunque, por supuesto, no se limita a esos ámbitos). Y uf, si a mí me pagaran por cada vez que escucho esa frase… ok, no, literalmente me pagan, no dije nada.

Notá lo siguiente: cuando verbalizás la frase “ya sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago”, el foco está puesto en que el error es tuyo. Hay algo que HAY que hacer -la forma correcta de hacerlo- y VOS no estás pudiendo hacerlo. Entonces, quien debería cambiar sos VOS, y no lo que hay que hacer. Raro, ¿no? Esa frase suele venir acompañada de muchísima resignación, traducida en la espera de ese famoso “clic” que dicen que a veces uno hace, que finalmente nos va a llevar a hacer aquello que “tenemos” que hacer. Yo siento que me engañaron, porque el único clic que escucho es el de mi rodilla cada vez que me levanto. Los 30. Esa es la verdadera resignación.

Dicho esto, me gustaría detenerme un ratito en el verbo. ¿Qué es lo que TENÉS que hacer? ¿Quién lo definió? ¿Y cómo sabemos que ese “lo que tengo que hacer” te va a llevar al lugar que querés? Estuve pensando en dos vías comunes desde las cuales suele surgir esta idea:

  1. Redes sociales o creencias sociales: Desde tu tía que te dice que el primo Carlitos empezó a comer zanahoria y ahora es un ser de luz y empezó a levitar, hasta la influencer que nos dice que saliendo a correr a las 5:30am pudo lograr la inmortalidad. Todo se presenta como un combo probado y aprobado por otra persona: «hacé X y vas a lograr Y». A otro le funcionó. El “tengo que” que se desprende de ahí suele estar cargado de exigencia, comparación y desconexión de nuestro propio proceso.
  2. Nuestro yo de otro contexto: esa versión nuestra que, en otro momento, pudo sostener ciertas rutinas, y que hoy usamos como vara de medición. “En el 98 me levantaba a las 6hs a preparar la comida de toda la semana, ¿por qué ahora no puedo?” A veces nos olvidamos que a lo largo del tiempo vamos cambiando, nuestro ambiente cambia, nuestro entorno cambia, nosotros cambiamos. Lo que nos funcionó en un contexto puede no funcionarnos en otro (y ni hablar que lo que creemos que a veces funcionó en realidad no funcionó tanto, pero eso es para otro post). Esa referencia, el nosotros del pasado, puede volverse un mandato rígido: “yo ya sé lo que tengo que hacer”, sin revisar si sigue siendo válido para el presente, si realmente querés hacerlo de la misma forma, si podés hacerlo de la misma forma.

Si ya sabés lo que tenés que hacer, pero no lo estás pudiendo hacer, es necesario que –en vez de culparte por eso- pensemos en cuáles están siendo los obstáculos (y no vale nombrar a la fuerza de voluntad, que pobre le debe picar la oreja de tanto que la nombramos), y luego si ese es el único camino posible a recorrer, o si tu contexto actual requiere procesos más sensibles a lo que sea que estés transitando hoy. Si no lo estás pudiendo hacer INCLUSO cuando es algo que valorarías mucho, o que te llevaría a lugares donde querrías estar, es un excelente momento para revisar qué estás intentando hacer, o cómo lo estás intentando hacer. Podemos intentar construir hábitos que se sientan propios, que no se sientan como una piedra atada al tobillo que tenemos que arrastrar cada vez que aparece el verbo “tener”.

Y sino siempre podés apelar a tu espíritu adolescente y gritarte A MÍ NADIE ME DICE LO QUE TENGO QUE HACER, NI SIQUIERA YO MISMA.

No, no hagan eso. No en público al menos.

Abracito 💛

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