
Hace algunas semanas empecé el gimnasio, y esa experiencia me está dando mucho para pensar. MUCHO. De repente quiero hablar de mil cosas respecto a eso: la vergüenza, la sobreestimulación 😅, la alegría de estar haciendo algo por mi salud, la manija de volver, la paja de volver. Entre todas las experiencias que voy notando, hoy me gustaría enfocarme en una con tintes de epifanía (la gente: tuve una epifanía y encontré el sentido de la vida / yo: tuve una epifanía y agarré una mancuerna de 3kg).
El viernes pasado estaba tranquila en mi casa, llovía, la estufa estaba prendida, mi novio estaba haciendo café y el gato dormía en su camita. Los viernes son días en los que suelo ir al gimnasio, por lo que yo tenía en la cabeza que en algún momento iba a tener que salir. En todo ese escenario se me cruzó el pensamiento: «¿y si no voy?»
Tuve una sensación muy conocida, ya experimentada en contextos similares. La sensación es como un shock de alivio, como si se abriera una línea temporal paralela en la que yo estoy feliz tapada con una mantita mirando una película (nunca una línea temporal en la que estoy laburando, ufa). Lo curioso es que ese pensamiento, el «¿y si no voy?», automáticamente anula -o anulaba- por completo la actividad que tenía pensada hacer. Una vez que aparece no hay vuelta atrás. Puedo recordarlo en numerosas salidas y actividades: teatro, actividad física, facultad (con su variante: “¿y si hoy no estudio?”), talleres de escritura, encuentros con otras personas. Cuatro palabras, un tono interrogativo y una sensación corporal de alivio bastan para alejarme de cosas que son importantes. No siempre, claro, pero las suficientes como para hacerme una pregunta académicamente muy interesante: ¿QUÉ C*RAJO PASA AHÍ?
En mi caso, lo que pude registrar es que siempre suele haber un grado de displacer en todas esas actividades (un poco de ansiedad, vergüenza, esfuerzo físico, esfuerzo cognitivo) sumado a una imagen mental de un posible futuro placentero (mantita en el sillón, dormir hasta tarde, una meriendita, quedarme pasando tiempo con una persona que quiero). Entonces mi fórmula sería: ANTICIPACIÓN DE SENSACIÓN DISPLACENTERA sumado a IMAGEN MENTAL DE UN POSIBLE FUTURO PLACENTERO multiplicado por PENSAMIENTO «Y SI NO VOY?» igual a SENSACIÓN DE ALIVIO. Lo interesante es que la fórmula funciona, pero solo de manera temporal. Funciona en el momento, pero el problema es que la fórmula ignora que la sensación displacentera de la actividad era solo una porción de la misma, no la actividad completa. Y una vez que el pensamiento dicta no ir, no solamente nos aleja del displacer, sino también de todas aquellas cosas por las cuales en un principio queríamos asistir a esa actividad.
Las consecuencias ya las sabemos: a veces culpa, a veces reproche, a veces arrepentimiento. ¿Pero saben una cosa? Esas son las consecuencias a las que menos elijo prestarles atención, son temporales, sé que eventualmente la emoción baja, me olvido. Las consecuencias que más me importan son las de quedar privada de actividades que sostenidamente harían mi vida un poco mejor. Y TODO POR UN PENSAMIENTO. TODO. POR. UN. PENSAMIENTO.
Lo más gracioso (o no) es que el mayor de mis problemas hasta ahora fue no notar lo que estaba pasando. Realmente, la diferencia fue notarlo. Ese viernes lluvioso, por algún motivo estaba más atenta a mi mente y lo pesqué. Lo pesqué en acción, al maldito. Y al ver que esto es un patrón, decidí jugar un poco con eso e intentar romper con el círculo: no quiero más que el «¿y si no voy?» sea señal para dejar de hacer algo que quiero hacer. Quiero que el «¿y si no voy?» sean solo palabras que a veces suenan adentro de mi cuerpo, quiero que se queden flotando ahí entre mis cuatro paredes, quiero sonreír porque lo descubrí: ¡ahí está! ¡ahí está el de siempre!, quiero mirarme con curiosidad y decir «fuaaaa, la conducta humana», y quiero tomar yo la decisión de qué hacer con mi vida (sea tanto para ir, o para elegir quedarme). Ese viernes fui al gimnasio, estuvo bien, aumenté el peso de la pesa rusa con la que hago sentadillas, no me dolió la espalda al hacer peso muerto, y eso me puso re contenta. Volví a casa y me tomé el café en el sillón. Así sí, che.


