Soltá las excusas (es la frase diría para que se den cuenta de que me tienen secuestrada)

Cuando escucho que las personas expresan que no pueden hacer alguna cosa que quieren hacer porque “se ponen excusas”, pongo carita triste. Así: 🥺 (si son los profesionales quienes hacen estas intervenciones, la carita migra a esta: 😡). Hablamos de excusas y de autoboicot como si adentro nuestro viviera un pequeño ser maquiavélico cuyo único objetivo es cagarnos la vida.

Llamar excusas a las razones por las que no hacemos algo que queremos o necesitamos hacer, puede parecer un gesto de sinceridad que nos impulsa a cambiar, pero encubre mucha autoinvalidación y resignación. Como si no alcanzar ciertos objetivos fuera simplemente una falla de carácter. Como si querer algo fuera lo mismo que poder hacerlo, o que saber hacerlo. Como si no hubiera ningún contexto, historia, emoción, ambiente, CUERPO de por medio.

Frente al “me tengo que dejar de poner excusas” suele venir el “me dejo de joder, mañana lo hago y punto”. Y ahí llega el problema: no nos solemos sentar a hacer un plan, a ver cuáles fueron los obstáculos, a ver por qué no lo pudimos hacer hasta el momento. ¿Cuáles son las variables que están sosteniendo que no puedas hacerlo, por más de que es algo que sabés que te vendría bien, que necesitás o que te gustaría hacer? Porque hasta ahora la ciencia no hay sabido demostrar la presencia de los pequeños seres maquiavélicos internos, dicen que la siguiente foto está editada, pero aún hay evidencia inconsistente:

Movernos desde el paradigma de las excusas hacia una mirada de búsqueda de obstáculos puede hacer que en vez de ubicarnos en el rol de quien falla, nos abra la puerta a explorar, curiosear, comprender y empezar a resolver. Porque no es lo mismo decir “no hago ejercicio porque soy una vaga”, que decir “me cuesta encontrar un momento del día donde tenga energía y no me sienta culpable por no estar haciendo otra cosa”. Cambia, ¿no? Empiezan a aparecer pistas acerca de dónde empezar a intervenir.

Vamos a lo práctico: si te está costando empezar o sostener una actividad, te dejo algunas preguntas guía que quizás puedan ayudar:

  • ¿Cuándo aparece el freno? ¿Es siempre? ¿En ciertos momentos del día u horarios específicos? ¿Algunos días sí y otros no? ¿Qué cambia en aquellas veces que sí lo podemos hacer respecto a las veces en las que no?
  • ¿Qué dice tu mente en momentos previos o mientras estás haciendo la actividad? ¿Expectativas acerca de cómo debería salir? ¿Creencias sobre vos misma/o que aparezcan?
  • ¿Qué emociones aparecen? ¿Podés describir cómo se ven esas emociones en vos? ¿Con qué estás lidiando puntualmente en ese momento?
  • ¿Y cómo está tu cuerpo? ¿Cansado? ¿Sin energía? ¿Con mucha energía? ¿Alerta? ¿Relajado?
  • ¿Notás algún obstáculo en tu ambiente? ¿Ruidos? ¿Interrupciones? ¿Falta de herramientas?
  • ¿Tenés claridad acerca de cómo hacer lo que querés hacer?
  • ¿Sabés por qué lo querés hacer?

No son ni por cerca todas las preguntas que podemos hacernos. Les invito a curiosear en su propia conducta, a ponerse en modo investigación para empezar a modificar variables, e ir haciendo prueba y error hasta que algo empiece a cambiar.

Pensar en obstáculos en vez de excusas, no significa “justificarnos”, sino reconocer con mayor precisión qué está pasando, qué necesitamos, y qué herramientas nos podrían ayudar.

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