Hábitos prestados

Escrito originalmente para la segunda edición del festival Psicología al Sur (Ciudad Cultural Konex – 2025)

Hace once años Marie Kondo publicaba su libro La magia del orden: un libro sobre minimalismo que daba el paso a paso para deshacerte de casi todo lo que tenías, aunque su foco estaba puesto en los objetos. Estaba por todos lados en redes sociales, la gente hablaba de eso, la promesa de un estilo de vida mejor estaba en el aire. Y yo… yo me obsesioné. Quería hacer del orden un hábito, y en esa obsesión le quemé la cabeza a mi pobre y querida madre con el método.

Ella no estaba segura de hacerlo, pero yo estaba enloquecida: no era negociable, íbamos a donar o tirar TODO lo de la casa familiar. Así que sacamos bolsas y bolsas, dimos vuelta la casa, semanas de orden ininterrumpido. Todo para que unos años después me dijera: «Me arrepiento de haber tirado un montón de las cosas que tiré». Pero la pú.

ESO fue un hábito prestado.

¿Qué es un hábito prestado?

Me voy a estar refiriendo a hábito prestado como una conducta que adoptamos porque viene de afuera —de modas, redes sociales, mandatos o presiones— y no porque responda a una necesidad, un deseo o un valor propio.

El catálogo infinito de las redes sociales

Las redes sociales nos regalan todos los días un catálogo de hábitos perfectos: rutinas de mañana impecables, entrenamientos, meditaciones, dietas. Todo parece universal, accesible y sobre todo, muy urgente.

Cuando pensamos en Instagram y cómo nos hace sentir, hay dos cuestiones que suelen aparecer. Una es la comparación social negativa: la tendencia a compararse desfavorablemente con otras personas al ver sus publicaciones. La otra es a quiénes seguimos: no es lo mismo interactuar con personas cercanas que con una gran cantidad de desconocidos.
Lo que se viene observando es que seguir a muchas personas con las que no tenemos vínculo aumenta las chances de caer en comparaciones negativas, y que estas comparaciones se relacionan con un mayor malestar, incluidos síntomas depresivos.

Esto tiene sentido si pensamos que, cuando sigo a alguien que conozco, por más de que muestre el recorte de su vida que quiera, yo conozco su realidad. Mientras que, cuando sigo a desconocidos, lamentablemente, no tengo esa referencia. Si mi amiga sube una foto con el novio todos acaramelados en la escapadita viajera, besito va, besito viene, sos el amor de mi vida, mi cuchicuchi, la lú de mijojos, sos todo lo que está bien bebé, alguien que no la conoce puede pensar “wow, qué pareja preciosa, ojalá me amaran así, el universo me trata como si yo hubiera parido a Milei”. Ah, pero yo tengo el contexto completo: ella anoche me llamó llorando contándome que él le habla mal, que desaparece por días, que no tiene en cuenta sus necesidades. Pero por supuesto que eso no es instagrameable. Entonces, yo al ver su post con el novio, probablemente no empiece a comparar desfavorablemente mi pareja con la suya, ¿se entiende a dónde voy?

Tengamos en cuenta este contexto, porque las redes sociales van a fomentar —por comparación— la idea de que hay algo mal en nosotros. Y eso lo vamos a ver muchas veces en la clínica como motivo de consulta relacionado con el cambio de hábitos.

Salud en contexto

El problema con los hábitos «salvadores» que se promocionan en redes sociales no es que esos hábitos sean malos en sí (de hecho, muchos tienen evidencia de que hacen bien a la salud). El asunto es que la salud no es algo descontextualizado. Si aquello que estamos haciendo por salud nos está generando un estrés desmedido, o nos aleja de otras cosas importantes, ¿sigue siendo saludable?

¿Qué mensaje recibe una mujer que trabaja once horas y tiene cuatro hijos cuando escucha que la solución a su desconexión con la vida es levantarse a las 5am para hacer journaling? ¿Qué va a pasar cuando no pueda hacerlo? El problema que estamos experimentando actualmente es que muchos consejos de redes sociales parten de la propia experiencia para sacar conclusiones generales, sin tener en cuenta los recursos, el contexto y los valores de las otras personas.

Y de nuevo: el punto no es criticar los hábitos que se promocionan en redes sociales. El punto acá es darnos espacio para poder preguntarnos si el hábito es nuestro o es prestado.

Cinco criterios para distinguir un hábito propio de uno prestado

Pensé en algunos criterios guía que pueden ayudar a clarificar la situación. No son criterios taxativos ni excluyentes entre sí, pero sí son preguntas útiles para la exploración clínica —y para la propia— cuando aparece un motivo de consulta relacionado con hábitos.

1. Origen

Lo primero que podemos evaluar es desde dónde surge la idea de poner en práctica el hábito.

Un hábito prestado responde a exigencias y reglas externas: hasta que vi eso, no había nada en mi vida que quisiera modificar, es decir, no era un problema para mí hasta que otra persona lo planteó. Algunos ejemplos: «Vi en un post que si salgo a correr a las 7am el cuerpo segrega más pichiruchis«, «quiero empezar una rutina de skincare de veinte pasos porque dicen que mejora mucho la piel» (y hasta ese entonces no estaba en mi agenda que mi piel mejore), «quiero registrar mi productividad porque lo recomendaron en tal podcast» (pero no tengo puntualmente problemas que resolver que estén relacionados a eso).

Un hábito propio, en cambio, responde a un deseo o a una necesidad: vengo evaluando que hay algo que quisiera más o menos en mi vida, y me gustaría tomar una acción para modificar mi conducta. Algunos ejemplos: «Siempre me gustó moverme y descubrí que me da energía para el resto del día», «me lo indicó un profesional de la salud por un motivo específico», «me estoy durmiendo muy tarde por el celular y me gustaría dejar de usarlo tanto para tener más energía al día siguiente».

2. Flexibilidad

Un hábito prestado se siente rígido: si no se cumple a rajatabla, parece que no funciona, o genera culpa y angustia. «Quiero ir sí o sí a correr antes de trabajar, esté cansada o no, me sienta bien o no, es una cuestión de disciplina», «vi que para tener resultados tenés que ir de lunes a sábado», «en el détox/reset de azúcardopaminapantallas dicen que no podés salirte del plan porque se arruina todo».

Un hábito propio es flexible. Sería deseable que la conducta que se quiera hacer —por más que tome casi siempre la misma forma— pueda adaptarse a lo que el cuerpo necesita. Por ejemplo: «El objetivo es moverme; los días que estoy muy cansada antes de trabajar puedo hacerlo a la noche, volver caminando, o hacer yoga en casa».

3. Compatibilidad con la vida

Un hábito prestado tiene una baja compatibilidad con la vida cotidiana de la persona, entorpece la rutina, hace que se dejen de lado otras cosas importantes, genera costos vitales o sufrimiento. Algunos ejemplos: «Me levanto a las 5am (y estoy cansada todo el día)», «dejo de comer ciertas cosas porque dicen que hacen mal (y falto a reuniones con mis amigos para no tentarme)», «voy temprano a correr porque dicen que es lo mejor (pero llego muy justa al trabajo y estresada)».

Un hábito propio tiene una alta compatibilidad con la vida de la persona, es decir, está alineado con su estilo de vida, sus tiempos y sus preferencias. Ejemplos: «Tengo tiempo por las mañanas y correr me despeja la cabeza», «quiero comer más sano y estoy comiendo equilibrado, con platos que me gustan», «me levanto a las 5am porque mi cuerpo naturalmente se despierta a esa hora, me da tiempo y me siento con energía».

4. Conexión con la actividad

En un hábito prestado predomina más la idea, la imagen mental o la expectativa, que el hacerlo en sí mismo. Por ejemplo, a mí personalmente me pasa que cada vez que veo gente que sale a correr la idea me fascina, me parece hermoso, y digo yo también quiero; cuando lo hago, sin embargo, la experiencia no es igual que la idea: no lo disfruto ni un segundo, no me despeja la cabeza como dicen que pasa, y no solo vuelvo sin energía, sino que me deja con ganas de tirarme en el sillón durante el resto del día y me cuesta mucho seguir con mis actividades. Lo mismo me pasa con el journaling: la idea me parece preciosa, me encantaría hacer eso. Pero, al menos en este momento, cuando lo hago no lo disfruto, me harta, no se me pasa el tiempo, me aburro.

En un hábito propio predomina más la experiencia en sí misma: la actividad resulta disfrutable o valiosa. Por ejemplo: la lectura (donde la idea y la experiencia van de la mano), cierto tipo de ejercicio físico (por ejemplo pilates, la expectativa o la imagen mental no es necesariamente ideal, pero mi cuerpo responde muy bien a ese tipo de ejercicio), cocinar comida sana que me guste.

5. Fuente primaria de control

Un hábito prestado está bajo control aversivo o no tiene reforzadores claros: me comporto para evitar malestar o quitarme de encima algo desagradable, o directamente no sé por qué lo estoy haciendo. Algunos ejemplos: «Quiero comer sano para bajar de peso porque nadie me quiere así como estoy», «quiero bajar el cortisol porque tengo miedo de enfermarme» (cuando no hay indicación médica que lo avale), «lo hago porque es un challenge».

Un hábito propio está alineado con consecuencias positivas inmediatas o con valores: me comporto porque quiero acercarme a algo valioso (algo importante para mí) o recibir algo que disfruto o que me hace bien. Algunos ejemplos: «Quiero moverme para empezar el día despejada, reducir el estrés y cuidar mi salud para hacer con energía las cosas que me gustan», «me está doliendo la espalda y quiero hacer ejercicio para disfrutar más del tiempo con mi hijo», «quiero salir a recorrer la ciudad en bicicleta porque el contacto con el aire libre me da perspectiva y sentido», «quiero hacer journaling porque, si bien me da pereza, cuando encuentro lo que escribí me siento alineada con cosas importantes».

Acá hago un breve paréntesis para contarles una historia. Hace algunos años, mi mamá me contó que mi abuelo, a quien yo no conocí, cuidaba mucho su salud. Me contó que se levantaba temprano, salía a caminar con el perro, se bañaba, se hacía su desayuno con avena y frutas, y hacía una rutina de pesas antes de empezar el día. Mi mamá me decía que él siempre estaba muy atento a lo que ingería y a cómo nutrir su cuerpo.

Al escuchar eso, se me iluminó una partecita que no se me había iluminado antes. Es difícil de explicar, porque no fue del todo lógico, fue más una sensación de «es por acá». Fue llamativo cómo las ganas de cuidar mi salud, por primera vez, no estaban bajo control aversivo (comer sano o ejercitarme para no engordar) sino que tenían más que ver con algo que quería cultivar: quería ser fuerte, tener energía, llegar a vieja, cuidar mi cuerpo, tener mis rutinas, repetir ciertas acciones con disciplina y amor porque me hacen bien.

Y eso implicó empezar a comer bien y completo, en vez de migajas y pavadas, y hacer ejercicio de una forma que a mi cuerpo le guste. Porque eso es salud para mí: conductas sostenidas en el tiempo que respondan a lo que esté necesitando mi cuerpo. Con todo esto, cuidar mi cuerpo desde esta mirada se volvió un valor para mí que guía mis acciones.

El papel de los valores

Si los hábitos que queremos construir son los vehículos que vamos a usar para avanzar, los valores son la dirección hacia la cual queremos ir: nuestro norte. Son nuestras brújulas internas, direcciones de vida elegidas libremente, que nos ayudan a darle sentido y guía a nuestras acciones, incluso cuando hay emociones incómodas en el medio.

Hacer una buena exploración acerca de qué es importante para nosotros —libre de mandatos y expectativas sociales, atendiendo a qué se nos ilumina adentro— puede hacer que los hábitos sean más sostenibles en el tiempo. Como en la vida, siempre todo funciona mejor si sabemos adónde estamos yendo y por qué.

Guía clínica: preguntas para explorar hábitos

Como resumen, les dejo algunas preguntas que pueden ayudar a identificar si un hábito es propio o prestado:

Origen

¿De dónde surgió la idea de poner en práctica este hábito? ¿Responde a reglas y exigencias externas, o a un deseo o necesidad propia?

Flexibilidad

¿Este hábito puede tomar distintas formas según lo que necesito? ¿Qué pasa si no se puede llevar a cabo?

Compatibilidad

¿Se siente alineado con mi estilo de vida, mis tiempos y mis preferencias? ¿Me entorpece? ¿Trae costos vitales o sufrimiento?

Conexión con la actividad

¿Me gusta la idea de hacerlo? ¿La experiencia de hacerlo? ¿Ambas? ¿Ninguna?

Fuente primaria de control

¿Para qué quiero hacerlo? ¿Me conecta con algo que es importante para mí? ¿Lo estoy haciendo para evitar malestar o para acercarme a algo valioso?

Consideraciones para terapeutas

¿Lo que fluye funciona?

Algo que me parece importante aclarar: no es que si es un hábito propio va a fluir naturalmente, y si es prestado no va a funcionar. No necesariamente. Corremos el riesgo de que cuando un consultante diga que está intentando algo hace mucho tiempo y no puede, pensemos rápidamente que «no es para él o ella». Como si lo que realmente es nuestro saliera fácil, y sino «ahí no es».

Puede haber muchos obstáculos incluso para hábitos genuinamente propios: ¿Hay obstáculos en el ambiente? ¿Se distrae? ¿Se olvida? ¿No disfruta puntualmente esa actividad? ¿Tiene pensamientos o emociones difíciles antes o después de la conducta? ¿Tiene expectativas sobre cómo debería salir? ¿Está teniendo en cuenta lo que necesita su cuerpo? ¿Está organizando los horarios de una manera que le sirva? ¿Tiene las herramientas para hacerlo?

Y a la inversa: algo se puede sostener toda la vida siendo prestado. El asunto es evaluar qué costos tiene eso en la vida de la persona.

Alerta juicios

Es importante evaluar con detenimiento cada una de las preguntas, porque a veces nuestra propia historia de aprendizaje como profesionales puede llevarnos a hacer juicios sobre si un hábito está «bien» o está «mal». Hábitos que a priori parecen «buenos» pueden no serlo en determinado contexto. Tenemos que tener presente que nuestro estilo de vida o preferencias pueden influir en nuestro análisis: es completamente válido que una persona quiera levantarse a las 5am, comer saludable, hacer journaling, o hacer un detox de lo que quiera. Nuestro trabajo no es juzgar si el hábito está bien o mal: nosotros acompañamos e intentamos guiar a que las conductas de nuestros consultantes vayan en línea de lo que les importa, y no estén dirigidas únicamente a evitar malestar o a obtener alivios temporales.

Topografía y función

Y la última cosa de la que querría que habláramos un poco es acerca de la diferencia entre topografía y función: Nosotros podemos analizar una conducta topográficamente —es decir, su forma, su descripción— o funcionalmente, es decir, cuál es su función. Imaginemos que tanto mi amiga Pipi como yo salimos a correr todos los días a las 7am. La forma es la misma; si nos miraran desde afuera, parecería que tenemos el mismo hábito. Topográficamente es la misma conducta.

Ahora agreguémosle un condimento: Pipi sale a correr a las 7am porque se despierta naturalmente a las 6, tiene tiempo antes de trabajar, le da energía para el resto del día y se oxigena. Yo salgo a correr a las 7am porque vi en TikTok que si no corrés en ayunas a la mañana, al pedo que lo hagas de otra manera. Ahá, ahí cambia la cosa, ¿no?

Lo que vamos a buscar analizar cuando se trata de hábitos no es la forma, sino la función. Si alguien dice que quiere empezar a hacer ejercicio, es posible que de entrada lo tildemos de hábito saludable. Pero una persona puede estar corriendo 5km tanto porque la conecta con la naturaleza y la despeja, como porque si no lo hace siente que no merece comer. Por eso es tan importante tener claro qué busca la persona con el hábito. Será nuestro trabajo ir intentando cambiar la función de los hábitos que estén bajo control aversivo, para que el hábito pase de ser cárcel a ser casa.

Un recordatorio: el contexto importa

Cuando se trata de hábitos, el contexto importa. Con cada hábito que desarrollemos van a quedar por fuera otras cosas: si quiero despertarme todos los días a las 5am, para tener un buen sueño debería estar dormida mínimo a las 22hs, y eso podría ser incompatible con otras actividades significativas. Siempre, siempre, siempre hay un costo-beneficio.

Sería deseable que los hábitos que queramos desarrollar sean una elección consciente, que tengan realmente sentido para nosotros y para la vida que deseemos vivir.

Una linda idea es ir explorando qué es lo que queremos para nuestra vida, qué prácticas nos sirven y cuáles no tanto, estando atentos/as a la presión externa de hacer hábitos que ya vienen listos y preparados desde otro lado. ¿Para qué mirar para afuera cuando podemos mirar para adentro?

Y finalmente, un último recordatorio: no hay ninguna actividad, bebida, práctica, ni rutina que de por sí sola nos vaya a cambiar la vida. Despertarte a las 5am puede servirte mucho, como también puede hacerte completamente miserable. Calibremos nuestra propia brújula: quién sabe adónde mier nos lleva el mapa ajeno.

Una disculpa

Perdón por haberte hecho tirar esas cosas, mamá. No puedo devolverte lo que tiraste, pero sí puedo prometerte intentar dejar de prestarte hábitos.

 

(📖 Lup, K., Trub, L.,& Rosenthal, L. (2015). Instagram #instasad?: Exploring associations among Instagram use, depressive symptoms, negative social comparison, and strangers followed. Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking, 18(5), 247-252. doi: 10.1089/cyber.2014.0560)

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