
El otro día navegando (gran eufemismo de pelotudeando) por Twitter me encontré con un tweet que recordaba la andá a saber si cierta anécdota en la que Chaplin participó en un concurso de imitadores de Chaplin y perdió. Esto no es un error en la escritura: Chaplin participó en un concurso de imitadores de Chaplin y perdió. El tweet remataba con un gran “si te basás en la opinión de los demás, no sos bueno ni para ser vos mismo”. Me reí. Pensé “¿cuántas cosas que quería hacer no hice por tener en cuenta lo que podría opinar otra persona?”. No me reí más. Increíble, viejo, abrís Twitter dos minutos y ya tenés un planteo existencialista.
Por un lado, tener en cuenta la opinión del otro está muy bien, puede ser la de ese amigo/a que te dice “¿te parece bien hablar de nuevo con ese ex que era menos sano que chupar un clavo oxidado?”. Pero, como siempre, está la otra cara de la moneda. Esa cara que reza: “no sos bueno ni para ser vos mismo”. Preguntale a Chaplin.
Y acá es donde me quiero quedar un ratito.
Querer controlar la experiencia interna de las otras personas, controlar lo que podrían llegar a sentir o pensar de nosotras/os, puede alejarnos significativamente de cosas que puedan llegar a ser importantes para nuestra vida.
No hago X porque van a pensar que estoy muy vieja/o, que soy estúpida/o, que no entiendo nada, que soy gorda/o, que me creo mil, que me creo mal, que, que, que. Tener esos pensamientos puede ser muy doloroso. Pero -y acá me atrevo a hablar desde lo personal- hay algo que también duele, y duele un montón: darse cuenta de que no hicimos cosas que queríamos hacer por haber estado en presencia de un pensamiento difícil.
A veces es cuando nos empezamos a exponer a ciertas cosas (voy al gimnasio igual, por más de que piense que las otras personas del lugar me van a juzgar) que nos damos cuenta de que la experiencia es distinta a lo que nos decía nuestra mente. Rara vez los problemas se resuelven cuerpo adentro, rara vez podemos resolver nuestras emociones con nuestra cabeza, y aun así nos seguimos planteando -no sin dolor en el medio- una y otra vez: “cuando no sienta X voy a hacer Y”.
Claro que puede suceder que en el camino de construir una vida que queramos efectivamente nos encontremos con un ambiente que no acompañe. ¿Quién no ha recibido un comentario difícil mientras estaba intentando hacer algo valioso? En esos casos se habilitan dos caminos (probablemente varios más, pero voy a apelar al binarismo): 1) Ese comentario determina el curso de las cosas que quiero hacer; 2) Noto la molestia que me trae ese comentario, me pregunto: ¿puedo sostener esa emoción mientras sigo construyendo algo que podría ser importante para mí?
Cualquiera de las dos opciones es válida siempre y cuando la elijas, y sepas que existe la posibilidad de caminar hacia la otra alternativa.
En fin, sabiendo que no puedo controlar si otros van a opinar/pensar/decir/hacer, ¿estoy dispuesta a resignar cosas que quiero cuando hay personas que pueden pensar que Chaplin no es lo suficientemente Chaplin?
👉 Quiero hacer un pequeño disclaimer: hablamos de intentar dejar de lado la opinión del otro cuando las cosas que queremos hacer van en línea de una vida que se sienta valiosa. Pero si las personas que tenés alrededor te están transmitiendo un mensaje de que podrías estar dañando tu salud, sería una buena idea que consultes con un profesional (no aplica a los familiares que nos ven una vez por año y nos dicen “estás más gordita, te lo digo por tu salud”: ahí estaría bueno que ellas/os consulten con el freidor de churros).


