
Estoy en un café preparando un taller hace aproximadamente media hora.
Suena bonito, si no fuera porque me siento rara, mi cuerpo está raro. Creo que estoy con bastante ansiedad, me doy cuenta porque siento algunas palpitaciones, cosquilleo en todo el cuerpo y estoy moviendo la pierna sin parar.
No estoy dando el taller en este momento, estoy simplemente preparándolo, pero noto que mi cuerpo está asustado.
No es divertido, no la estoy pasando bien, las sensaciones son bastante desagradables, y honestamente me quiero ir a casa a mirar la serie más idiota que encuentre y olvidarme un ratito de esto. Mi cuerpo realmente se sentiría a salvo etiquetando cuál de mis amigas es Carrie, cuál Samantha, cuál Charlotte, cuál Miranda (y darme cuenta de que el ejercicio no tiene sentido, porque es obvio que todas son todas y todas son ninguna).
Entonces pienso: “estoy nerviosa, ¿y si lo dejo acá y retomo un día en el que esté más tranquila?”.
Y ahí me convierto en el meme de Rafa de los Simpsons que dice alto ahí, loca. Es cierto, lo puedo dejar acá. El cosquilleo pararía, mi corazón se desaceleraría, podría pensar en otra cosa. Sentiría un alivio enorme.
Y no solo sentiría un alivio enorme, sino que aprendería algo también. La próxima vez que me siente a hacer el taller y tenga ansiedad voy a conocer un mecanismo perfecto y poderosísimo para no sentirla más: irme a la mierda. En mi barrio le decimos procrastinación. Básicamente, tengo que hacer una actividad que por algún motivo me resulta displacentera, y al no poder estar con ese malestar, la sustituyo por otra actividad de menor prioridad. La progresión siempre es la misma: siento alivio en el momento, al ratito siento culpa y me duelen los valores.
Me da bronca haberme dado cuenta de eso, ahora me tengo que quedar acá sentada y seguir trabajando en el taller.
Vamos a intentar no empeorar la situación. Me quedo con la taquicardia, la observo, noto hasta dónde llega el cosquilleo, busco si hay otras partes de mi cuerpo que quieren escapar de mí. Sí, hay otras también. No sé a dónde quieren ir, pero ojalá no vayan a ningún lado. Las necesito para hacer todo lo que me gusta hacer, así que intento hacer que mi cuerpo sea un refugio para poder mantenerlas adentro mío. Que mi cuerpo no las expulse, que las invite a quedarse ahí.
Me pregunto si puedo quedarme un ratito con estas sensaciones. Sí, puedo. No me parece el mejor plan del mundo, pero puedo hacerlo. Me siento mejor en la silla para no seguir sumando malestar, me recuerdo que los seres humanos solemos respirar, y por ende debería hacerlo yo también, así que respiro. Me río un poco de mi cuerpo, no me burlo, pero me río. Me da un poco de gracia que se haya preparado para una situación de peligro. Lo sostengo y le cuento que en este momento el peligro más grande es que creo que se equivocaron: no me dieron leche de almendras y ahora se me está inflando la panza como un globo.
Sigo escribiendo. Avanzo poco, más lento de lo que quisiera, pero estoy acá. Me frustra, pero me importa. Me quedo un ratito más.


